Para que una palabra adquiera legitimidad, debe ser aceptada por las autoridades que representan al idioma que se trate. También se dice que los nombres que aparecen en obras literarias y de historia, se consideran legítimos . El vocablo Quisqueya, como lo hemos deletreado en el idioma castellano, tiene sus raíces en la lengua maya de la península de Yucatán, como el vocablo que ellos utilizaban para referirse a la actual Isla de Santo Domingo a principios del siglo XV. El Cacique Bohechío, hermano de Anacaona, eso relató a los conquistadores a finales del mismo siglo.
Desapareció su uso cuando uno de los autores contratados por Hernán Cortés, Francisco López de Gómara, insistió que ese vocablo no era taíno y por tanto no podía haber sido oriundo de la Isla de Santo Domingo (también conocida en ese entonces como "Isla de La Española"). El uso del vocablo se detuvo por esa razón y porque la civilización Taína desapareció con la muerte de su último cacique, Guarocuya (Enriquillo); hasta que Juan Pablo Duarte, meditando sobre el nombre que se le pondría a la nación que el mismo denominara república dominicana, para no denominarla república haitiana, escogió ese vocablo, Quisqueya, mientras se encontraba en el ostracismo en las selvas venezolanas. En su mensaje a los trinitarios en 1861, esta fue su reacción al enterarse de la anexión de la república y escribió: "Quisqueyanos sonó ya la hora de vengar tantos siglos de ultraje; el que a Dios y a su patria desdora, que de oprobio y baldón se amortaje. No más cruz que la cruz quisqueyana, que da honor y placer el llevarla; pero el vil que prefiera la hispana, que se vaya al sepulcro a ostentarla" Luego, Quisqueya aparece en obras de Salomé Ureña; en escritos del presidente Ulises Francisco Espaillat; y, en el canto a la patria que hoy es nuestro Himno Nacional.
Si eso no es suficiente para que el vocablo Quisqueya sea legítimo, verdadero y nuestro, entonces habrá que eliminar muchos miles de palabras de nuestro lenguaje y del diccionario.

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